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El nudismo liberador
 
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Profundizando en el «progresismo liberador» (hace un cuarto de siglo, los socialistas decían «profundizar en la democracia»), se han alcanzado o están a punto de alcanzarse tres altas cotas: el aborto, la eutanasia y el nudismo, lo que revela, por si hiciera falta confirmación, el carácter retrógrado de cualquier progresismo. Porque lo verdaderamente progresista, lo progresista en el sentido de quienes creían que las condiciones de la existencia humana se pueden mejorar, no de quienes invocan el progresismo por demagogia, es ayudar a nacer, no impedir los nacimientos; aliviar a los enfermos, no matarlos, y cubrir el cuerpo, no dejarlo expuesto a la intemperie, como el de los animales. Una vez más, el progresismo conduce derechamente a la caverna. No hay pueblo primitivo o salvaje que no haya practicado el aborto o la eutanasia (recordemos el cuento estremecedor de Jack London) o, si la meteorología lo permite, que no ande desnudo. De manera que lo verdaderamente progresista es la chistera y el polisón: andar desnudo está al alcance de cualquiera, sólo hace falta tener ganas y poca vergüenza. Porque la persona merece un respeto incluso en algunos aspectos formales, como ir vestido cuando se sale a la calle o llevar corbata cuando se sienta en el banco azul, a no ser que el progresista de turno pretenda equipararse al orangután, que, a fin de cuentas, también tiene derechos semejantes a los de las personas, o van a concedérselos.

No dudo de la buena intención de nudistas y eutanásicos: los primeros pretenden regresar al «estado natural», que, ya he dicho, es el de las cavernas, y los otros, eliminar el dolor y el sufrimiento, y la manera más afectiva de suprimirlos es suprimir al que sufre. Todo esto se basa, en el mejor de los casos, en la indesmayable confianza, de índole más confusamente roussoniana que franciscana, del progresista en la bondad del ser humano. En nombre de tal bondad se han cometido las mayores abominaciones y crímenes desde el siglo XVIII acá. Pero si el hombre no es tan bondadoso como pretenden hacernos creer quienes se proponen «liberarlo», confiar en la bondad natural del Estado, que será, a fin de cuentas, quien administre la eutanasia, es sencillamente suicida. El Estado es bondadoso y paternal mientras le conviene serlo: en el socialismo real, se consideró el aborto como una «profundización en la libertad» de las camaradas, hasta que hizo falta mano de obra barata y las pusieron a todas a parir, desde la época de Stalin a la de Ceaucescu. Con la eutanasia puede suceder parecido: si se rebaja la edad de jubilación y se aumenta la esperanza de vida, ya me dirán qué Seguridad Social aguanta esto. Así que se empieza gaseando a los enfermos, se sigue con los viejos y se acaba logrando un perfecto acabado de ingeniería social, que no otra cosa es el socialismo.

Si en la eutanasia se puede rastrear cierta compasión, en el aborto sólo se percibe egoísmo. Se trata de alguien que sobra y se le elimina, lo que es de índole un poco diferente de eliminar a quien sufre, con el pretexto, o tal vez la «sana intención», de quitarle los sufrimientos. El aborto, por lo demás, tiene raíces de índole sexual, lo que, en cierta medida, lo emparenta con el nudismo, que, se teorice lo que se quiera, tiene un inevitable aspecto sensual, dado que se trata de cuerpos desnudos, y, como escribió Bergamín, «como entre sexualidad y sensualidad no hay más que una X de diferencia, que es la incógnita por despejar, nos encontramos con que esta incógnita -la X de la sexualidad- no puede ser despejada más que por el Demonio: porque detrás de esa X, como de toda X, que es una cruz, no puede estar más que el Demonio, no puede haber más que un Demonio».

Por este motivo, los partidos liberadores de izquierda, en sus etapas avanzadas, entendieron el papel liberador del sexo, sobre el que Freud fundamentó el comportamiento humano con formulaciones pedantes y petulantes, por lo que el freudomarxismo fue uno de los motores de las algaradas de mayo del 68 del siglo pasado. Y ahora entienden, por lo mismo, que la mujer es terreno más abonado para su sectarismo que el hombre. Sin embargo, no deja de ser curioso -y ridículo- que una ideología totalizadora como el marxismo haya venido a dar en un pansexualismo, que es una manera un tanto reducida de «abordar la realidad».

Al nudismo no le veo tales complejidades, de momento, pero, como se trata de otra «liberación», sin duda las tiene. Hace bastantes años (porque todas estas cosas van tirando a viejas), Cancio exhibió el lema de «Asturias en pelondinas, qué guapina yes». Ahora se pretende decir que la persona en pelondas es más libre: todo por tomar el sol precisamente en una región donde no lo hay. Algo así como los antitaurinos que se muestran en bragas negras para significar el sufrimiento del toro. Qué tontería. ¿Qué tendrán que ver las banderillas con las bragas? En cuanto a los nudistas, reclaman su derecho a exhibirse no sólo en playas, sino también en parques, jardines, riberas de ríos, etcétera: el día menos pensado, en la propia Catedral. Al tiempo, exigen que no los miren, con lo que el nudista se equipara al no fumador, ya que éste niega el derecho del fumador y aquél del «voyeur».

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