Tengo 59 años y nunca había ido a una playa nudista

Dos de mis mejores amigos me habían invitado a acompañarles a su playa nudista favorita durante meses y siempre les dí la misma respuesta

Sandra LaMorgese Ph. D. es una conocida bloglera del Huffington Post, licenciada en comunicación interpersonal, nutrición holística y ciencia metafísica, también realiza seminarios locales y nacionales sobre el cambio de vida, el empoderamiento sexual femenino, anti-envejecimiento, bienestar y sexualidad, que un día decidió ir a una playa nudista y publicar su experiencia.

Nunca había estado en una playa nudista y estaba encantada con esta tendencia. No es que no me guste mi cuerpo o tuviese reparos sexuales, al contrario, estoy en buena forma y en cuestiones de sexo estoy más que dispuesta a arriesgarme a probar cosas nuevas. Una playa nudista sonaba como algo incómodo. Estar mojada y desnuda frente a un gran número de extraños era una actividad por la que no tenía interés alguno.

No sólo no quería correr el riesgo de mostrarme desnuda, sino que no me apetecía ser testigo de ver a un tio desnudo agachándose para recoger una pelota de voleibol. No podía entender porque mis amigos querían tener esas experiencias.

Pero después de meses y meses insistiendo, finalmente mi curiosidad me venció. Tenía que averiguar qué es eso que tanto les ha encantado. Y también por que regularmente escribo y hablo sobre la autoestima, la sexualidad y el empoderamiento. Así que pedí que me acompañase el fotógrafo Craig White para que documentase mi primera vez, estaba dispuesta a compartir mi viaje tanto para bien como para mal.

Cuando llegamos a la playa de Sandy Hook mi primera sorpresa fue lo tranquila y aislada que era, muy distinta de las típicas playas de Nueva Jersey, aquí no había fiestas salvajes, vendedores ambulantes, música a todo volumen, ni ostentanción.

Mi segunda sorpresa fue la variedad de personas presentes. En toda la playa sólo pude ver un tipo de supermodelo, el resto era gente normal, con sus cuerpos normales, desde los veinte a los setenta, la mayoría de mediana edad. Algunos estaban tatuados pero la mayoría tenía la piel virgen en este sentido.

No era una playa de sexo enloquecido, de orgías o de diosas de gimnasio con cuerpos perfectamente tonificados y bronceados. Esta es una playa llena de gente normal, que disfrutan del sol, de las olas y la arena pero sin traje de baño. Así que me uní a ellos.

Me despojé de todo, me fui a la orilla con el fotógrafo y comenzó la sesión de fotos, sentí como mis inseguridades sobre mi imagen corporal y sobre exponer mis “partes” a los demás comenzarón a disiparse. Todos los años de ideas equivocadas sobre lo que piensa la gente sobre mi cuerpo desnudo desaparecieron. Todas mis cicratices, todas mis estrías y todo aquello que cuenta la historia de mi vida y de mi cuerpo pasaron de ser algo vergonzoso y oculto a ser mostradas con todos los honores.

Después de las fotos y de guardar la cámara, extendimos las toallas sobre la arena, me rocié de protector solar como si no hubiera un mañana y comencé a mirar a mi alrededor, disfrutando de las personas y el ambiente de la playa nudista. Lo que sentí y ví en esos minutos, el relajarme en la arena caliente por el sol, me hizo sentir tonta por preocuparme tanto esta mañana.

Nadie parecía incómodo, nadie se fijaba en el cuerpo de los demás bañistas, nadie curioseaba a ver si le miraban, nadie ocultaba nada ni hacía alarde de nada, no había razón para quedarse embobado mirando a los demás.

Ese día en la playa nudista nadie me estuvo juzgando, a pesar de que muchos bañistas no tenían ni estrías, ni piel envejecida o celulitis.

Cuanto más tiempo pasé libre en aquella soleada tarde, me sentía más ligera, libre y relajada. Incluso hablé, totalmente desnuda, con otros bañistas y con el guarda del parque. Nadie parecía interesado en sus cuerpos o en el mío, fue sentirme libre del estigma de la imagen corporal y poder disfrutar del mar, del sol y de la naturaleza.

Antes estaba tan segura de no querer ir a una playa nudista, como ahora lo estoy de no querer volver a una textil; me permite que el sentirme vulnerable me empodere

Mi primera vez

Después de que sus amigos insistiesen en que les acompañase a una playa nudista, esta mujer de 59 años se decidió al fin.

 
 

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