Viena al Natural

Viena Directo

Una de las peculiaridades del vieníes que más le flipan al extranjero recién llegado –sobre todo si llega en verano- es la propensión que tienen los naturales a quedarse en bolas.

El nudismo goza no solo de gran tradición, sino de gran aceptación por estas tierras y cada año son más (somos más) los que prescindimos del bañador a la hora de tomar el sol.

Mujer desnuda sobre el agua
 
 

En el Danubio

Quizá convenga apuntar también que, por lo general, a nosotros, los españoles (supongo que también a los naturales de otros países de raiz latina) lo de quedarnos en traje de Adán (o de Eva) nos cuesta y que tenemos que vencer cierto prejuicio congénito que tenemos contra las carnes al natural. Un prejuicio que no tiene que ver tanto con la moralidad –a buenas horas, mangas verdes- como con cierto prurito o vergüenza o temor al qué dirán que todos los españoles tenemos a la hora de mostrar nuestro cuerpo y que nos lastra inevitablemente.

Por qué no admitirlo: el pasatiempo principal de los españoles es criticar y, como nos sentimos blanco potencial de esas críticas y, por lo tanto vulnerables.

Tendemos también a tratar de esconder aquellas partes de nuestro cuerpo que no pasarían el juicio sumarísimo de los jurados de un concurso de misses o de místeres.

En las orillas del Danubio
 

A los naturales austriacos, la cuestión de tener las carnes caídas o celulíticas o, simplemente, de acuerdo con su edad y con la ley de la gravedad –los cuerpos no pueden ser celestes forever and ever- les chupa sencillamente un pie.

Otra de las cosas que a los sureños nos causa cierta prevención del hábito de andar como nuestra madre nos puso en el mundo es que, a nosotros, nos parece que lo de despojarse de los nudos que nos oprimen es un preludio inevitable del amor, mientras que, a los aborígenes, el estar en pelota lo que les parece es un preludio inexorable del frescor.

Curiosamente, este tabú de la desnudez es relativamente nuevo. Antiguamente, la gente (vaya, los pobres) se bañaban desnudos (hombres separados de mujeres, para no fomentar los pecados de la carne) porque no había ropa específica para el baño y porque, la otra, la de todos los días, por muy humilde que fuera, era cara y valiosa, y se temía estropearla (hay ejemplos históricos de sobra, quizá el más conocido sea el sorteo que los soldados romanos se hicieron de la túnica de Jesús, o que aún se diga lo de que hay que saber “nadar y guardar la ropa”).

Fue a finales del siglo XVIII cuando el tabú del cuerpo desnudo entró en vigor y a lo largo del siglo XIX –que fue bastante fachilla en general- la gente se volvió muy púdica. Las mujeres se fortificaron tras una muralla de corsés y crinolinas –aquellas faldas rígidas de vuelo amplio que hacían las delicias de las chicas en la época de Sissi- y los hombres tuvieron que conformarse con imaginarse lo que tapaban las sedas y sugerían las gasas.

El nudismo, tal como lo conocemos actualmente, tuvo su cuna a principios del siglo pasado en Suiza, en un lugar conocido como Monte Veritá, cerca de Ascona, punto de peregrinación de personajes alternativos y chiflados bienintencionados de todo tipo (teósofos, seguidores de la antroposofía, anarquistas, etcétera). El nudismo era, en este punto, un acto de protesta contra la industrialización y contra el creciente materialismo que invadía la sociedad occidental de la época y tuvo sus partidarios ilustres, como Herman Hesse.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Sobre 1900 empezaron a nacer asociaciones nudistas por todo el orbe germanoparlante. En aquella época, pasearse sin nada encima era una forma de hacer política. Así lo entendieron los nazis, que disolvieron en 1932 todos los grupos nudistas –nidos de izquierdistas peligrosos, según ellos- y los integraron en sus organizaciones deportivas como “Al Vigor por la Alegría”, despojándolo de todo lo que tenía de reivindicación y corrompiendo el movimiento para adaptarlo a su perversa concepción de la eugenesia. Al terminar la guerra mundial, sin embargo, se produjo una fractura en la corriente nudista. Por un lado, los que, como antaño, se ponían en bolas para reivindicar una vuelta a los orígenes (naturistas) y, por otro, los que se quitaban el bañador solamente para que se les aireasen los mondonguillos (nudistas de toda la vida sin claro posicionamiento político, como este que escribe este post). Y así sigue el tema, hasta hoy.

En Viena, para aquellos de mis lectores que quieran integrarse con las costumbres locales, las zonas más populares para hacer nudismo son las largas playas de la Donauinsel y la Lobau, marcadas con grandes letreros donde pone FKK Allí, aparte de estar en contacto con la naturaleza, la naturaleza estará en contacto con ellos (harán muy felices, por ejemplo, a los insectos succionadores de sangre humana) pero, lo que es mejor, se les pasarán todos los complejos (si es que alguna vez los tuvieron).

Viena

Una de las peculiaridades del vieníes que más le flipan al extranjero recién llegado –sobre todo si llega en verano- es la propensión que tienen los naturales a quedarse en bolas.

 
 

Un comentario

  1. Francisco dice:

    Un artículo muy enriquecedor sobre los orígenes del nudismo naturismo. Me da gusto como el movimiento ha ido creciendo exponencialmente en los últimos años, espero pronto todas las playas respeten esta forma tan natural de tomar un buen baño y el sol. Saludos desde México.

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